La ascesis salesiana[1]
En la tradición
cristiana se abre el paso a la concepción de la configuración con Cristo como
un camino, una carrera, un proceso continuo. Los participantes de esa carrera,
los atletas, necesitan de un ejercicio ascético. En un primer momento la
ascesis se entiende subordinada y preparatoria para la contemplación; tiende al
control de la parte arrebatada y concupiscente del alama y a promover su parte
racional, hecha especialmente para la contemplación, esto se entiende como el
primer grado de la vida espiritual. Se consolida como una dimensión perene de
la existencia cristiana, ya no como una etapa del itinerario espiritual.
Podemos
decir que no hay vida mística sin ascesis; la unión con Dios tiene que estar
precedida y acompañada por la renuncia, el control, el dominio y el sacrificio.
En esta tradición se insiere la enseñanza de San Francisco de Sales, su
comprensión del hombre, del cristiano y de la vida espiritual. El obispo de Ginebra habla de la unión con
Dios y el amor divino sin olvidar el campo ascético; sabe que para vivir en
Dios es necesario morir a uno mismo para dar frutos. Además, habla con mucha
frecuencia de abnegación, renuncia, mortificación exterior e interior,
anonadamiento, sacrificio, etc. Por lo tanto, su enseñanza ascética está teñida
de humanismo y de una hondura espiritual de su amor a Dios, es desde ahí que la
ascética salesiana se valora y se comprende su importancia y su gran
significado.
Encontramos
en San Francisco de Sales 6 principios que emprendió en su camino espiritual y
su configuración con el Maestro.
·
El combate espiritual: emprende su camino del
ejercicio ascético con la ayuda de una obra de Lorenzo Scupoi titulada El combate espiritual. Para llegar a la
perfección cristiana hay cuatro medios: la
desconfianza en sí mismo, la confianza en Dios, el ejercicio y la oración. Es necesario el buen uso que
se debe de hacer de las aptitudes y disposiciones interiores y exteriores, esta
lucha interior garantizará la formación y el robustecimiento de la personalidad
cristiana. El combate afecta el entendimiento y la voluntad para llegar al
dominio de los sentidos, de los impulsos y de las pasiones. La estrategia del
combate es mantener siempre vivo el deseo de perfección. La perfección
cristiana no está en las obras, sino únicamente
en el verdadero conocimiento de la bondad y grandeza de Dios. cuanto más se
profundiza en la desconfianza en uno mismo, más crece la confianza en Dios y el
amor consigue la perfección.
·
Tomar la propia cruz: la mortificación está
presente en su doctrina; el discípulo siga al Maestro cada día tomando su
propia cruz, ponerla sobre sus hombros y realizar el seguimiento y el
cumplimiento de la voluntad de Dios. Esto refleja el fuerte espíritu de
mortificación, de fortaleza y de templanza. La necesidad de la mortificación
para superar las tentaciones y no darse uno jamás por vencido; además, es
importante reconocer la necesidad de la ascesis para llegar a vivir la
verdadera vida cristiana. Para plantar el amor de Dios en nuestros corazones es
menester arrancar de él, el árbol del amor propio o bien el amor a nosotros
mismos en el tronco de amor de Dios. en esto consiste, en el pensamiento
salesiano, la verdadera mortificación del espíritu, en esta poda de la vid y de
los pámpanos superfluos, en el despojarse del hombre viejo para revestirse del
nuevo.
·
Conversión del corazón: el primer criterio respecto a la ascesis que propone
Francisco de Sales es la interioridad. Advierte que las penitencias y
mortificaciones no se hagan desde el exterior, sino desde dentro, desde la
conversión del corazón; ya que el corazón es el manantial de las acciones. El
corazón es también el primer lugar de la conversión, lo importante es querer lo
que Dios quiere, amar lo que Él ama, llegar a transformar nuestra voluntad en
la voluntad de Dios. El Obispo de Ginebra explica que es necesario «grabar sobre tu corazón esta frase santa y
sagrada: ¡Viva Jesús!», después la vida producirá frutos llevando escrita
la palabra de salvación.
·
Bajo la guía de la razón: la interioridad no
queda reducida a puro intimismo porque es habitada por la razón. El corazón
humano está iluminado, gobernado y guiado por la razón ya que el ser humano es
un ser razonable; y en cuento ser razonable, puede controlar, dirigir y dominar
sus instintos, emociones y pasiones. Este es un trabajo largo y arduo en el que
la razón ha de guiar la voluntad; además, conduce a las personas al verdadero
equilibro, todo ello para mortificar el corazón y el espíritu. Bajo la guía de
la razón llega Francisco al principio de adaptación y discreción, a la
condescendencia y flexibilidad; no lo hace para promover un facilismo ligero e
insustancial; se adapta por realismo y por convicción arraigada en la fe y en
la experiencia humana.
Para el Obispo de Ginebra no todos pueden soportar el
mismo peso, ni la misma cantidad y calidad de exigencias y mortificaciones. El
mérito de llevar la cruz no está en su peso, sino en el modo de llevarla, por
eso puede ser más meritorio llevar una pequeña cruz de paja que una grande de
hierro; y el comer, beber y pasear pueden valer más que los grandes ayunos y
los golpes de disciplina.
·
Búsqueda de moderación: la guía de la razón
conduce a la moderación, si se puede soportar el ayuno es cosa buena, porque el
ayuno levanta el espíritu, reprime la carne y ayuda a practicar la virtud; pero
tiene que ser proporcionado a los oficios, trabajos y obligaciones que cada uno
desempeñan, conviene buscar el término medio. La falta de moderación en ayuno,
disciplina y mortificaciones puede hacer inútiles para el servicio de la
caridad. San Francisco de Sales prefiere el dominio de la persona sobre sí
misma, y no solo el sometimiento del cuerpo. Aprecia la belleza y el valor de
la naturaleza humana, creada por Dios a su imagen.
Según el pensamiento salesiano, en la vida cotidiana
no hay necesidad de buscar penitencias especiales, extraordinarias; la vida
espiritual no es cuestión de grandes ayunos, privaciones y mortificaciones
físicas. La ascesis está principalmente en los sacrificios que conlleva la
jornada diaria con su actividad incansable y si entrega generosa; es decir, hay
que renunciar para estar totalmente disponibles para el trabajo del Reino, para
cooperar con Cristo en la salvación de todos los destinatarios de la propia
misión; hay que mortificarnos por el da
mihi animas.
·
Revitalizar la ascesis: la necesidad y
urgencia de revitalizar la ascesis es sentida especialmente hoy en el ámbito de
la vida religiosa ante la crisis actual en que se ve sumergida. La ascesis hace
posible la vivencia gozosa y el testimonio de los grandes valores de la
consagración: la fidelidad a los votos, la vida de fraternidad y la entrega a
la misión. Urge hoy revitalizar la ascesis, la verdadera liberación interior
comienza por el robustecimiento ascético. Esta fortaleza y robustez ascética en
el principio de la construcción de la propia persona y de toda la vida
espiritual.
No se debería olvidar
que la ascesis está centrada en Cristo, y es cristina en la medida en que
incluye el padecer y morir juntamente con Cristo. Para el cristiano,
mortificación, renuncia, disciplina ascética, están en orden a la asimilación
con Cristo. Quien quiere revestirse de la persona de Cristo ha de ser capaz de
mortificar las inclinaciones al egoísmo y entrar en un dinamismo de donación.
El ejercicio fundamental que se le pide al cristiano es la obediencia de la fe,
por eso la ascesis cristiana constituye una tarea de la que ningún creyente
puede eximirse.
Don de
oración[2]
En don Bosco se
reconocen las manifestaciones externas que suelen acompañar a la vida mística,
¿podemos sin más creer que fue elevado en realidad a la unión mística? Y si así
lo es, en qué grado. Además, ¿es posible acabar de descubrir si existió en él
el don de contemplación infusa, y en qué medida adorno el alma escogidísima de
Don Bosco? Dice Benedicto XIV: «casi todos los santos, y en especial los
fundadores de Órdenes religiosas,
tuvieron cisiones divinas y revelaciones. Sin duda que Dios habla familiarmente
con sus amigos y favorece, sobre todo, a los que elige para grandes obras».
El alama de don Bosco gozaba de la unión con Dios, sin
interrupción; en efecto, parece haber sido su don el no dejarse nunca distraer
del pensamiento amoroso del Señor, por muchos, graves y continuas que fueron
sus ocupaciones y preocupaciones. De esto tenemos testimonio, los tres
sucesores de don Bosco dice:
Don
Miguel Rúa: «lo que continuamente pude
notar fue su continua unión con Dos. Y, con tanta espontaneidad, manifestaba
estos sentimiento que se veía que brotaban de una mente y de un corazón siempre
sumergidos en la contemplación de Dios y de sus atributos»
Don
Pablo Albera: «era tanta la unión del
Venerable con Dios, que parecía recibir de Él los consejos y alientos que daba
a sus hijos».
P.
Felipe Rinaldi «mi convicción íntima es
que el Venerable fue realmente un hombre de Dios, continuamente unido a Dios en
la oración».
Hay
diversidad de testimonios que dan fe al don que tenía don Bosco, una unión
íntima e inseparable con Dios. Así como el antiguo cronista de san Buenaventura
que en sus escritos hacía toda verdad un plegaria, así también, tratándose de
don Bosco, debe extenderse semejante afirmación a todos los actos de su
admirable vida: todo lo que hacía era
oración.
El primer efecto de la oración llamada de unión simple es
el único cuyas pruebas son puntos menos que inasequibles. Podemos designarlo
con el nombre de deliquio o espiritual desmayo, vocablo sugerido por la frase
bíblica: «Mi alma quedó desmayada apenas
hubo hablado el Amado». Don Ceria quiere verificar en Don Bosco los
fenómenos sensibles de esta naturaleza, lo hace a través de las siguientes dos
observaciones: a) entre los frutos de la contemplación, uno de los más
conspicuos es la humanidad. Don Bosco
reprimía el ímpetu de su fervor y hubiera querido que así lo hiciera su amigo;
pero la resistencia física del amigo no era la suya; b) don Bosco, dueño de sus
nervios, temple de acero, es decir, hombre a quien podrían aplicarse las
palabras del salmista: «mi alma siempre
en tus manos», tuvo al servicio de su humildad una voluntad que dominaba
las energías inferiores: por consiguiente, capaz también de reprimir la
vehemencia del sentir para que no se trasluciera a los demás. El autor del
libro, muestra tres hechos que dicen que sí:
1. ¿Cómo se explica que una
persona alcanzada, mejor dicho, herida con frecuencia por las más agudas
contrariedades, por esas contrariedades que hacen sangrar el corazón, se
muestre precisamente entonces más contenta que de costumbre? El dolor, en los corazones elevados a la
contemplación, se transforma místicamente en amor, y el amor dilata los
corazones.
2. Don Bosco después de
pasar mañanas enteras recibiendo visitas, solía quedarse por lo menos una hora
después del mediodía en su aposento, en donde sus íntimos lo sorprendían
siempre sentado en su escritorio, con el cuerpo erguido, las manos juntas, en
actitud de gran dulzura, enteramente absorto en la contemplación de las cosas
celestiales.
3. En los últimos años,
cuando, por sus quebrantadas fuerzas, aumentaba la viveza del sentimiento, al
celebrar, ora se enternecía visiblemente en todo su ser, ora aparecía como
invadido de un sagrado temblor sobre todo en el instante de la elevación.
Los efectos de la oración en Don Bosco son: la oración pasiva es una suave necesidad
de llorar, es la íntima unión del ama con Dios. Sentir la presencia de Dios con una certeza que excluye hasta la
posibilidad de la duda, ya que él estaba lleno del pensamiento de Dios. El padecer por Dios con valor, fortaleza y
paciencia inalterable es soportarlo todo por amor de Dios. El honrar a Dios como un deseo ardiente
de alabar a Dios. El amor al prójimo,
un deseo grande de ayudar a los demás; el alma que vive de Dios, a menudo logra
hacerse útil al prójimo. Por último efecto tenemos la práctica de las virtudes teologales, cardinales morales, en grado heroico, es decir, con
intensidad y constancia excediendo los límites comúnmente propios de los
hombres virtuosos.
Don Bosco, ¿fue un místico?, puede aplicarse lo que se
dijo de Bernardo «los verdaderos místicos
son personas de práctica y de acción, no de razonamiento y de teoría. Tienen el
sentido de la organización, el don de mando y se revelan adornos de inmejorable
dotes para los negocios. Las obras por ellos fundadas son vitales y duraderas;
al concebir y dirigir sus empresas, dan prueba de prudencia y de valor, y de
esa idea exacta de la posibilidad que es el carácter del buen sentido…», si
no nos engañamos, es el vivo retrato de don Bosco, en el cual la contemplación
iluminó y dirigió la acción.