viernes, 5 de junio de 2015

Reportes de Lectura de Fernando Javier Hernández

Don Bosco Hombre de Fe

La fe es una de las tres virtudes teologales y es un don de la gracia de Dios para aquellos que él ama, pero al mismo tiempo una semilla por cultivar con su gracia, a fin de que de grandes frutos. Por ello presento a nuestro Padre Don Bosco como hombre de Dios, hombre espiritual, hombre de fe; que supo acoger en su vida este don, interpretar toda la realidad desde esta perspectiva y ser dócil y generoso para transmitirla a los demás.
Lo primero es diferenciar entre lo que todos estamos llamados a ser y lo que algunos llegan a ser por gracia de Dios y disposición personal. El cristiano es tal por la fe, desde el día de su bautismo; fe que le une a Dios y le hace creyente. Pero una cosa es ser creyente y otra es ser hombre de fe. Éste vive de la fe para alcanzar una profunda unión con Dios.
El autor trata de presentar cómo todo lo que Don Bosco fue capaz de realizar, no es obra producto de un grande proyecto humano, sino que ante todo se trata de fe vivida; a tal grado de decir que no sólo sus obras, sino incluso sus afectos, pensamientos y sacrificios; todos son reflejo de la fe que ardía en su corazón.
Es justo en la defensa de su espiritualidad cuando don Miguel Rúa afirma cómo su madre, mamá Margarita, le condujo desde su niñez a las verdades de la fe y encontró en su enseñanza materna el mejor ejemplo de fe en Dios providente, a quien enseñó a amar y formó incluso para los sacramentos de la Eucaristía y la confesión. Incluso su enseñanza influyó en la configuración del ideal sacerdotal de Don Bosco, pobre entregado a la salvación de las almas.
Su fe, se tradujo en obediencia a la voluntad de Dios, por medio de sus superiores y directores espirituales; aun en las pruebas más grandes, como en momentos ir en contra de sus aspiraciones apostólicas, dejando a los muchachos por atender otros sectores; pero fue así como se fue forjando como hombre de fe. Al final de su vida se acusará de haber podido hacer más si hubiera tenido más fe, pero lo cierto es que si no hubiera tenido una gran fe, no hubiera podido hacer lo que hizo.
El impulso de esta fe vivida le llevo a cometer empresas que tuvieran como único fin la gloria de Dios y la salvación de las almas, incluso obras desafiantes como la construcción de la Basílica de María Auxiliadora, sin tener recursos. Pues esta fe, según Don Ceria, le producía tres efectos: fuerza para llevar adelante los trabajos, fatigas y problemáticas de la vida; las persecuciones que habrías aplastado a quien obrase por motivos humanos; y lo hacía estar en calma y serenidad. Era con esta fe y abondo total en la Providencia, como en medio de las pruebas más grandes, él podía presentarse amable y cercano con todos; poniendo siempre manos a la obra desde lo que podía, pues sabía que el resto lo haría Dios. 
Don Bosco fue un gran pescador de almas, empresa para lo cual puso al servicio todas sus cualidades humanas y dejó que las de gracia fueran creciendo y actuando para el bien del prójimo, especialmente de los jóvenes. Cada que se encontraba con alguien, había una llama interna que le instaba a preocuparse por su salvación eterna, de tal manera que no perdía oportunidad para ganarse las almas para Dios; pues él tenía una doble convicción que le alimentaba su ánimo: hacer lo posible para que ese joven o persona salvara su alma de la condenación eterna y hacer comprender en ellos el inmenso valor de la Sangre derramada por Jesucristo en su pasión, para la salvación de todos.
En esta misma sintonía, Don Bosco siempre tuvo una clara conciencia de su identidad sacerdotal, era sacerdote del Señor siempre y en todas partes; sabía que quien fuera que se acercara a él, debía de llevarse una verdad de provecho para su alma. Aquí se añade un dato importante que puede sorprender a lo más ortodoxos, el papa Pío IX le había dispensado a Don Bosco un deber observado estrictamente por todo sacerdote de aquella época, es decir, el rezo del breviario; y él a su vez, prometió no decir palabra ni hacer nada que no tuviera por fin la gloria de Dios. Me impresiona cómo el compromiso asumido por Don Bosco es mucho más profundo pues compromete toda su existencia a ser alabanza permanente de Dios, y no solamente en un determinado momento del día. Sin duda es un compromiso que se adquiere solo cuando se confía plenamente en Dios y se hace de él su fuerza.
Como hombre de fe, no se quedó al margen de los ataques contra la fe católica que en su tiempo se vieron realizados gracias a las leyes de libertad de culto y de imprenta; factores que de la misma manera se valió Don Bosco para contrarrestar su influjo y conservar la fe, así por ejemplo imprimió folletos, volantes y las tan conocidas Lecturas Católicas; para la defensa de la fe de los jóvenes que a causa de su corta edad fácilmente eran arrastrados al protestantismo. Don Bosco, hombre de fe que confiaba plenamente en la Providencia y su protección amorosa, no dudó en enfrentar abiertamente a los protestantes, lo cual indica que para hacerlo era una persona fuertemente arraigada en la vivencia de su fe y que sabía dar razón de ella; siempre con palabras dulces y amables, pero decididas y valientes. En lo personal, me parece un gran ejemplo de su enorme celo pastoral.
Otra cosa que me impresiona de Don Bosco como hombre de fe, es su empeño por trabajar a favor de las vocaciones. Confiaba en el muchacho y en la Providencia de Dios, sin importarle los gastos, pues él decía que no se podía perder una vocación por falta de recursos económicos. Al hablar de vocaciones, Don Bosco entendió su sentido amplio, pues sabía que trabajaba para el mismo amo, sin importarle que más tarde el joven se decidiera por la vida sacerdotal diocesana; él abría las puertas de su oratorio y por éste pasaron centenares de alumnos, a los cuales formaba con empeño para el bien de la Iglesia.  
Casi para finalizar, agregaré otro dato importante de Don Bosco como hombre de fe. Tenía grande sensibilidad por el culto divino, él construyó grandes edificios en los que no escatimaba con tal de hacer lugares dignos de culto a Dios. Ejemplo de ello fueron la basílica de María Auxiliadora, San Juan Evangelista en Turín y el Sagrado Corazón en Roma. Así mismo, cultivó con gran esmero la creación y propagación del pequeño clero que eran los monaguillos de Don Bosco, mismos que se distinguían por su número y piedad en la celebración de la Santa Misa.    
Cierto es que la Sagrada Escritura nos ofrece grandes ejemplos de hombres de fe, como Abraham y Moisés, mismos que por su fe siempre viva y puesta en Dios, fueron capaces de realizar grandes obras en beneficio de la salvación de muchos – pues dejaron que Dios actuara en ellos-, y que los probara en fidelidad. De la misma manera, quiero decir que Don Bosco fue dócil a Dios, dejando que éste obrara grandes maravillas en él y supo soportar con paciencia y fidelidad los embates de la fe, pues sabía muy bien en quien había puesto su esperanza.


Bibliografía:

·      Ceria Eugenio, “Hombre de fe”, en Don Bosco con Dios, CCS, Madrid: 2001.

     Ascesis en la espiritualidad salesiana
Movido por el deseo de seguir profundizando en mi propia vida espiritual, el presente reporte de lectura corresponde a una parte esencial de la espiritualidad salesiana. Me parece que muchas veces como salesianos no hemos valorado lo suficiente las raíces de nuestra espiritualidad y no hemos terminando de convencernos que Don Bosco ciertamente fue un hombre místico que aprendió a encontrarse con Dios en lo ordinario de la vida, pero no por eso con menos intensidad que otros santos místicos.
Para prueba de ello, tenemos que Don Bosco eligió como lema de su vida –y de nuestra congregación- el Da mihi ánimas cetera tolle, el cual acuñó como propio y va más allá de un simple slogan pío, sino que concentra toda su mística, su programa de vida y la herencia espiritual para sus salesianos. Este lema es un binomio que concentra mística y ascesis: la mística, en el Da mihi ánimas; y la ascética, en el cetera tolle. De forma particular me centraré en la segunda parte, donde valoraré la ascesis en la espiritualidad salesiana.
Lo primero que Eugenio Albuquerque deja claro es que no se explica la una sin la otra. No hay mística sin ascesis, no puede haber vida espiritual sin el seguimiento de Cristo que implica renuncia, sacrificio y esfuerzo ascético. Parafraseando las palabras del Rector Mayor emérito, Don Pascual Chávez, afirma que el cetera tolle se traduce como una ascesis apostólica que implica en primer lugar la renuncia de sí mismo y la fusión en Dios. Es pues el medio imprescindible para vivir el amor de Dios y transmitirlo a los jóvenes.
En nuestros días, marcados intensamente por una cultura que huye decididamente de todo aquello que implica renuncia y sacrificio, resulta evidente la necesidad de vivir más en ascesis. Y es que en mucha ocasiones se han absolutizado erróneamente ideales humanos centrados en una libertad absoluta y en una mentalidad que ve en el sacrificio y la renuncia incluso algo contra natura. Al respecto dice Guardini, que antropológicamente el hombre necesita del autodominio para abrirse en amor oblativo a los demás. Y san Francisco de Sales afirmaba que las mortificaciones eran necesarias para superar las tentaciones y el pecado, y disponerse al seguimiento de Cristo.
Hablando en materia de vida religiosa, es importante señalar que la crisis que actualmente afronta este estilo de vida, puede encontrar su causa en el olvido de su práctica; puesto que ésta hace posible la vivencia gozosa y plena de los elementos fundamentales de la consagración religiosa: los valores evangélicos, la vida fraterna y la misión apostólica. Pero si se elimina la ascesis, será prácticamente imposible su vivencia, pues no debemos olvidar lo que ya evidencié al principio de este reporte: se trata de un binomio inseparable. No se puede sólo querer vivir la consagración como religioso, si no se toma lo que implica en su paquete completo; de tal manera que la vivencia coherente y atrayente de la vida religiosa, no es sólo premio o virtud concedida por Dios al que se mantiene fiel, sino incluso consecuencia lógica de un tesoro que se guarda y acrisola con renuncia y sacrificio.
A san Francisco de Sales, en su tiempo; lo mismo que a Don Bosco, en nuestros días; se le achacó una cierta laxitud ascética, como si sus propuestas de santidad y pedagogía prescindieran prácticamente de ella. Lo cierto es que se trata no del ascetismo tradicional, sino de la ascesis cotidiana. Por eso Don Bosco no recomendaba las grandes penitencias, sino que buscaba que se hiciera con todo el esmero posible aquello que ya de por sí te tenía que hacer, pero que ciertamente requería de la voluntad y el esfuerzo. Es precisamente aquél programa del exacto cumplimiento del deber, pues bien sabía que el día a día ofrece las oportunidades necesarias para vivir en ascesis.
El pensamiento de Don Bosco tenía pues muy claro lo que significaba vivir en ascesis. Para prueba podemos ver el sueño de los diez diamantes, mismo que coloca a la ascesis en un lugar central representado en el ayuno. Pero está viva convicción espiritual no menguaba para nada otra convicción humana que buscaba equilibrar este binomio, pues tenía muy claro que no eran convenientes las penitencias que fueran contra de la salud; lo que en su tiempo se daba muy común bajo el nombre de las penitencias aflictivas, que consistían en ayunos severos y disciplinas corporales. Estas convicciones fueron forjadas en él desde temprana edad, donde al lado de su amigo Luis Collo, supo admirar su heroicidad, pero nunca deseó imitarlo.
Es precisamente así, como educó a sus jóvenes en el oratorio, y la forma en que recogió tempranamente los frutos de santidad sembrados en Domingo Savio, Miguel Magone y muchos jóvenes más. A ellos, nunca les impuso mortificaciones o penitencias incompatibles con su edad; aunque es claro que su intervención pedagógica y espiritual daba a un valor importantísimo a la mortificación, pero a aquella ascesis orientaba a la moderación razonada y motivada. Siendo la cruz de Cristo, precisamente, el motivo fundamental de su ascesis, donde había que prevenir o expiar el pecado siempre imitando a Cristo crucificado, pues “quien no quiere padecer con Cristo, no puede gozar con Cristo”[1]. Este es precisamente el centro de su espiritualidad en materia de ascética. 
Para nosotros los salesianos, la virtud de la ascesis está presente en el artículo 18 de nuestras constituciones, donde se nos habla sobre el trabajo y la templanza como los indicadores de la caducidad de nuestro carisma; de allí la importancia de la práctica de la ascética en su justo lugar. Después de todo lo leído y lo que he escrito hasta aquí, tenemos claro que la práctica de la ascesis se vive en los sacrificios que conlleva la propia jornada de cada día, lo cual implica estar dispuestos a aceptar los sacrificios que van unidos a nuestra practica educativo-pastoral, o nuestra formación en mi caso.
Lo menciono porque si no somos vigilantes, fácilmente podemos caer en la trampa de no buscar penitencias extraordinarias, pero tampoco querer vivir las renuncias y los esfuerzos cotidianos. Al hacer esto estaríamos dejando incompleto el binomio y no estaríamos haciendo más que nuestra propia voluntad. Por ello, la espiritualidad de ascesis de Don Bosco, requiere un verdadero sentido apostólico motivado por la renuncia de sí mismo y la disponibilidad de servir a Dios y al prójimo.
Es participar en el misterio de la Cruz cada vez que nos esmeramos en la realización exacta de nuestras tareas, de nuestra entrega a los otros y de nuestra labor apostólica. Por ello, esta mortificación de salesiana es algo indispensable y a la vez silencioso, pues la mayoría de las personas ven a Don Bosco caminar sobre rosas.



Bibliografía:
·      Albuquerque Eugenio, “Cetera tolle: la ascesis en la espiritualidad salesiana” en Volver a  Don Bosco, volver a los jóvenes, CCS, Madrid: 2009.

Don de oración
Vemos en la mayoría de los santos, y de manera aún más particular en los fundadores de Congregaciones, una especial relación con Dios. Esta relación se recubre de características especiales cuando además se llega a un toque inefable con Dios que alcanza a la esencia misma del espíritu. En este sentido, estaríamos hablando de ser místicos.
            La primer pregunta de Eugenio Ceria lanza al inicio de este capítulo es si a Don Bosco se le puede considerar un místico, y si así fuera, en qué grado. Don Bosco poseyó de manera habitual la gracia de oración de unión entera o simple; en la cual en palabras de san Alfonso de Ligorio, las potencias quedan en suspenso, pero no los sentidos corporales, los cuales quedan muy limitados en sus operaciones. Y el alma queda enteramente absorbida por el objeto divino, sin que la distraiga ningún otro pensamiento.
            Por lo cual podemos decir que el alma de Don Bosco gozaba de la unión con Dios sin interrupción. Pues parece haber sido su don el no dejarse nunca distraer del pensamiento amoroso del Señor, por muchas y graves que fueran sus ocupaciones y preocupaciones. De esto dan testimonio sus sucesores, de manera especial quiero traer las palabras de su primer sucesor, el Beato Miguel Rúa, quien afirma que continuamente notaba su permanente unión con Dios, la cual la manifestaba con sentimientos de amor a Dios que veía que brotaban de una mente y de un corazón siempre sumergidos en la contemplación de Dios y de sus atributos.
            Además de este valioso testimonio – de santo a santo-, se unen los de muchos otros salesianos y prelados. Entre los cuales el mismo Papa Pío XI que trató de cerca a Don Bosco, se gozaba en afirmar públicamente que en todas sus acciones veía un espíritu de unión con Dios, que a su vez ponía de manifiesto su continuo vivir en presencia de Dios. Es aquí donde resuena aquella frase que hemos hecho tan popular al hablar de Don Bosco: todo lo que hacía era oración.
            Entre las manifestaciones visibles de la vida mística, están los llamados deliquios, los cuales son desmayos sucedidos en medio de la oración. El autor nos demuestra cómo Don Bosco ciertamente los tuvo. En principio de cuentas se insiste en la humildad de Don Bosco y la acción de la gracia para modelar su temperamento impetuoso en caridad y alegría. A partir de esta docilidad a la acción divina, destacan tres hechos en los que -como dije antes- se apoya Eugenio Ceria para afirmar que si tuvo esta profunda unión con Dios.
            El primero es la no explicación de cómo Don Bosco a pesar de tantas dificultades y contrariedades en su vida y apostolado, se mostraba más contento que de costumbre. El dolor en los corazones a la contemplación, se transforma místicamente en amor, y el amor dilata los corazones.
El segundo es que Don Bosco en sus últimos años, después de pasar mañanas recibiendo visitas, se quedaba por lo menos una hora después del mediodía en su cuarto, en donde sus más cercanos lo sorprendían siempre sentado ante su escritorio, con el cuerpo erguido, las manos juntas, en actitud amable, enteramente absorto en contemplación.
Y el tercer hecho, es que también en sus últimos años, cuando por sus quebrantadas fuerzas aumentaba la viveza de sus sentimientos, al celebrar la misa se enternecía visiblemente con todo su ser, y otras veces aparecía como si estuviera invadido de un sagrado temblor sobre todo en el instante de la elevación. Así testimonia Don Cerruti, que sobre todo en sus últimos años, su vida fue una continua oración con Dios. Siempre sumido en profunda meditación, aun sin dar muestras exteriores, manteniendo su rostro siempre alegre, sereno y tranquilo, saliendo de su boca palabras de paz y de fe.
El segundo efecto de la oración pasiva es una suave necesidad de llorar. En la íntima unión del alma con Dios, el amoroso conocimiento de la divina bondad suscita dulces y vivas emociones  en el corazón. Don Bosco tuvo el don de lágrimas, que no siempre era capaz de reprimir. En el último viaje a Roma, celebrando en la nueva Iglesia del Sagrado Corazón, rompió en llanto más de quince veces, de tal modo que el sacerdote que le ayudaba, se las ingeniaba para distraerlo a fin de que pudiera acabar.
El tercer efecto es sentir la presencia de Dios, con una certeza que excluye hasta la posibilidad de la duda. Don Bosco estaba lleno del pensamiento de Dios.
El cuarto efecto es el padecer por Dios. Fuerza, valor, paciencia inalterable en soportarlo todo por amor de Dios. Este tipo de almas están tan inflamadas en el amor divino, que arden en deseos de padecer por Dios; y este deseo va siempre creciendo junto con el de ser cada vez más de Él. Don Bosco fue así, padeció dolores morales y físicos, atestiguados por don Lemoyne “nunca se quejó de ellos ni se impacientó, y seguía trabajando”.
El quinto efecto, es un deseo ardiente de alabar a Dios. La persona inflamada de amor divino quisiera ser, toda ella, voz para alabar constantemente al Señor; y desearía que Dios fuese universalmente conocido, amado y glorificado. Don Bosco fue un alma muy enamorada de Dios y tenía tres modos de invitar a alabar a Dios: cuidaba el decoro en el culto divino, hablaba con unción de Dios a todo el que se acercaba a él y se sacrificaba por promover la gloria divina.
El sexto efecto es el amor al prójimo, como deseo grande de ayudarle. Decir Don Bosco es decir caridad: caridad inagotable en su trato con el prójimo; caridad inefable en aliviar a los afligidos y en confrontar a los moribundos; caridad heroica en buscar los medios para practicar la caridad.
El séptimo y último efecto de la oración de unión simple, es el de la práctica de las virtudes, teologales, cardinales y morales, en grado heroico, esto es, en una medida que por su intensidad y constancia, excede de los límites comúnmente propios de los hombres virtuosos.
Es de esta manera como Eugenio Ceria se propone demostrarnos a lo largo de este capítulo la forma en que Don Bosco fue un verdadero místico, es decir un hombre no fuera de la realidad, sino todo lo contrario; una persona práctica, de acción y también de intensa oración.


Bibliografía:
·      Ceria Eugenio, “Don de oración”, en Don Bosco con Dios, CCS, Madrid: 2001.

San Francisco de Sales ¿A la raíz de la espiritualidad salesiana?

He elegido este artículo sobre la influencia de las bases espirituales de san Francisco de Sales para nuestra congregación salesiana, porque me parece importante conocer y recuperar el legado espiritual que Don Bosco admiró en el Obispo de Ginebra y que adaptó no sólo para su programa de vida como sacerdote y su labor pastoral, sino para toda su congregación; a tal grado que él mismo ha dicho “nos llamaremos salesianos”.
           El P. Julio Olarte se propone presentar en la primera parte de su artículo aspectos biográficos esenciales para comprender el contexto y los primeros años de vida de Francisco, tales como sus estudios en la Universidad de Padua y la forma en la que se van fraguando las pretensiones de su padre, que le miran como hombre de familia y renombre en la sociedad.
           Es precisamente aquí donde quiero detenerme para mirar con mayor detalle, como su contexto social y familiar influyeron decisivamente para formar en él  un hombre de mansedumbre y caridad, siendo que su realidad le era totalmente “adversa” para los fines a los cuales se sentía llamado por Dios. Si bien, es cierto, tenía todas las facilidades que un hombre de su época querría tener: asegurada una posición económica con un renombrado título de abogado, una propiedad llamada Villaroget, que le daría el título de “Señor de Villaroget”; una noble y cotizada prometida, hija única que le daría un puesto seguro en el Senado de Saboya el Tribunal de Chambery, y una biblioteca jurídica al nivel de un recién graduado.
           Todo este ambiente nos habla de una firme determinación con trasfondo no tanto “humano”, sino sobre todo espiritual; pues ¿Quién en su realidad podría darse el lujo de despreciar semejantes oportunidades que le asegurarían de por vida? la respuesta a la par de difícil es sencilla, solo alguien que tiene la capacidad de dejar lo bueno por algo mejor.  Y ese algo mejor es el tipo de majestad humilde de Jesús, es la sensibilidad espiritual de Francisco que se vuelve sólida y que se encuentra a la raíz de su humanismo cristiano y de su optimismo misericordioso. Es su firme decisión en imitar la vida espiritual de Jesús.
           Fue largo el proceso de lucha al que Francisco se enfrentó para lograr el ideal al que se sentía llamado, sin embargo con paciencia y perseverancia lo logró. He aquí algunos de los hechos históricos más significativos con los que tuvo que combatir: movido por el fuerte deseo de su padre de verlo como abogado, acude al Senado a solicitar el anhelado puesto, en el cual no solo es admitido sino además nombrado Senador del Ducado, a lo cual naturalmente se resiste. Abriéndose la brecha entre quienes le apoyan en su decisión de entregar su vida a Dios y los que se oponen a ello. Entre quienes le apoyan se encuentra su obispo Granier, quien le ve incluso como sucesor suyo en el futuro. También le apoya su primo Luis, canónigo de Ginebra, quien le obtiene de Roma el nombramiento de Preboste, es decir, presidente de los canónigos de catedral. Y su madre, quien conoce lo útil que sería la elevada posición que Francisco podría ocupar en el Ducado, y los beneficios de seguridad en la vejez que traería para ella y el padre de Francisco; pero por sobre todo, también recuerda que un día le ofreció a su hijo antes de nacer a la Virgen María, frente a la Sábana Santa.
           Con este panorama, Francisco enfrentó definitivamente e su padre pidiéndole una sola cosa, siendo precisamente esta: “permitidme, por favor, ser parte de la Iglesia”. Su madre intercede y su primo Luis muestra el nombramiento de Preboste. Después del silencio y en medio del llanto, exclamará su padre: “Haz con Dios lo que dices que os inspira. De parte Suya os doy mi bendición”. Me llama mucho la atención cómo Francisco a pesar que era adulto y saber que actuaba pro algo bueno, siempre guarda el respeto y el lugar que merece su padre. Pero él tiene muy claro algo, no quiere servir a dos amos, no quiere ser sacerdote y senador.
           Celebra su ordenación como un día de retiro e intimidad con Dios. Tiene muy claro que su sacerdocio puja por hacerse todo para todos, para ganarlos a todos. Su espiritualidad no es producto de escritorio, sino de su experiencia del Espíritu en la vida ordinaria. Hasta ahora, su espiritualidad se concreta en: la encarnación del Hijo de Dios como referencia inspiradora, para valorar la humanidad de Jesucristo retribuir a su amor con amor; y en su amor a la Iglesia, como prolongación de la humanidad de Jesucristo, dedicarse a Jesucristo es dedicarse completamente al servicio de su Iglesia.
           Francisco como sacerdote se diferenciará por su actividad apostólica incansable, por pasar largas horas en el confesionario, por su disponibilidad para servir y por su prestigio de buen predicador y sacerdote. Su apostolado adquiere un rumbo diferente cuando lanza un proyecto apostólico temerario a los canónigos que preside: reconquistar Ginebra, la sede episcopal de su obispo, invadida por los calvinistas. La metodología que utilizará para lograrlo no será con armas, sino con la fuerza de la verdad, de la caridad y del testimonio de la auténtica vida cristiana.
           Al llegar a la zona del Chablais el panorama es desolador, poquísimos cristianos, capillas en ruinas, sin altares y sin cruces. Francisco no lo piensa dos veces y comienza su predicación en el pueblo, ocasionando grande expectación y numerosas asistencias. Hasta que los calvinistas reaccionaron y amenazando fuertemente a la población, atemorizándola y apagando las llamas que se habían encendido.
Pero Francisco no se dejó desanimar por esto, al contrario, pronto ideo una nueva estrategia; la cual consistió en imprimir folletos donde rebatía la doctrina calvinista frente a la católica y desarrollaba con exactitud los principales dogmas católicos, como la eucaristía. Tras significativas conversiones, el pueblo entero se convulsionó y muchos abrazaron la fe católica.
Ha sido una oportunidad muy significativa poder profundizar un poco más en las raíces de nuestra espiritualidad salesiana. Sin duda que al repasar la vida y obra de San Francisco de Sales, se va realizando casi involuntariamente un paralelo mental con la vida de Don Bosco; se celo pastoral, su amabilidad, su persistencia y tenacidad, su humildad, su lucha incansable por combatir las falsas doctrinas, su unión con Dios y su fidelidad a la Iglesia; son, como hemos visto, algunos de los rasgos más significativos que el santo de la juventud ha asimilado del santo de la mansedumbre y caridad; reinterpretándolos y aplicándolos en su contexto y realidad específica.  

Bibliografía:
·      OLARTE Franco, “San Francisco de Sales, ¿a la raíz de la espiritualidad salesiana?”, en Revista de Formación Permanente 62, 63 y 64, CSRFP, Quito: 2014.

La pedagogía y espiritualidad salesiana «la amorevolezza»
En esta ocasión he elegido un libro de pedagogía propiamente salesiana, porque mirando a Don Bosco, él estaba convencido que todo el edificio de la educación tenía como eje transversal la formación espiritual de sus jóvenes. Don Bosco no era un altruista y si funda el oratorio y modela un sistema educativo, es en primer lugar por su afán en la salvación de la juventud, haciendo de ellos a la par de buenos ciudadanos unos buenos cristianos.
            Partiendo de esta convicción que une pedagogía y espiritualidad, he podido profundizar la forma en la cual Don Bosco al educar evangelizaba y al evangelizar educada. Precisamente porque no es un sistema dicotómico que separa fe y razón o educación y religión; sino que integra armónicamente diversos elementos dándole a cada uno su justo lugar y protagonismo en la construcción del edificio educativo.
            Si bien, es cierto, es por todos conocido que el Sistema Preventivo de Don Bosco se compone de tres elementos que sostienen dicho edificio, y como todo “tripie”, si alguno falta, todo se derrumba. Este es el arte educativo de Don Bosco, que muchas veces nosotros hemos olvido o no hemos entendido del todo bien. Esta armonización requiere no tanto que se prevea en la educación de la juventud diversos momentos aislados, que al final si se juntan integren el amor, la razón y la religión; cuanto que en la práctica cada uno de ellos se vea implicado en los otros dos.
            Xavier Thévenot nos muestra en su libro La alegría de la educación, un rasgo peculiar propio de la espiritualidad salesiana, y es mirar cada una  de estas tres columnas educativas desde el ámbito de la afectividad.  Con esta tónica, me centraré solamente en la columna de la religión. Esta relación cobra sentido porque una afectividad separada del sentido trascendente de la vida, corre el riesgo de mutilar a la persona. La afectividad no es solo la experimentación de sensaciones de placer o dolor, sino ante todo comprometer a la persona humana en la búsqueda del sentido de las cosas y en la lucha contra el absurdo y el mal. Y apunta que toda educación que privase al joven de preguntas profundas, seria alienante pues ocultaría una dimensión fundamental del deseo del hombre.
            Relacionar afecto y espiritualidad, es recordar que siempre hay en el hombre una tendencia a idolatrar su afectividad, haciéndose autorreferente, aislado y egoísta; lejano a los valores evangélicos del salir e ir al encuentro del otro, del necesitado. Esto es patente en nuestra sociedad que idolatra la afectividad y hace al hombre incapaz de sentirse satisfecho. Recordar que sólo Dios es Dios, es poner a la afectividad en su justo lugar.
            En el centro de la religión Don Bosco ponía pedagógicamente los sacramentos de la Confesión y de la Eucaristía.
            En cuanto al sacramento de la penitencia, éste permite que el joven tome conciencia de la culpabilidad de su acto y situarlo en su justo lugar, ni exagerarlo ni relativizarlo. Esto es efecto de la amorevolezza, que vivida en el sacramento, conduce a esta lucidez bajo la mirada de Dios, y por otro lado recuerda las exigencias éticas de la castidad. Educar en el sacramento de la penitencia, es permitir que el joven experimente un elemento fundamental: el perdón. Así, será más fácil que en el ambiente educativo salesiano, se practique con frecuencia la disculpa, por la que a pesar de las faltas de delicadeza, se otorga aquello que previamente se ha gozado.
            En este sentido, el autor apunta que hay que tener cuidado y educar a un auténtico sentido de la disculpa y diferenciarlo del perdón, pues puede darse el caso que las faltas a la amorevolezza sean voluntarias y se utilice al otro como un simple objeto de la propia satisfacción. Esto puede ser muy común en  nuestros ambientes salesianos donde por intentar vivir el espíritu de familia que tanto quiso Don Bosco, lleguemos a trasgredir los sanos límites del respeto y la moralidad. Es allí donde como educadores debemos intervenir en la formación de una recta conciencia y educar en el sentido del pecado.
Experimentar en el sacramento de la penitencia el perdón de Dios, es hacerse capaz a su vez, de perdonar. Y esto es lo que había comprendido Don Bosco, para quien el Padrenuestro era una referencia pedagógica: perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Don Bosco estaba convencido que no había autentica educación sin experiencia de la disculpa y el perdón.
En cuanto a la Eucaristía, relacionarla con la amorevolezza, tiene consecuencias evangélicas y cristianas esenciales, el autor señala cuatro en particular.
1.     La Eucaristía es memoria del verdadero amor, el de un Dios que lleva su pasión por el hombre hasta hacerse hombre y compartir su condición con los pequeños y los pobres. Aquí encuentra la amorevolezza su medida, pues solo es buena la amorevolezza que intenta actuar según la lógica del amor de Dios. Dice Don Bosco en un sueño de 1884, que Jesucristo es el verdadero maestro de la familiaridad. “Como Jesús nos ha amado”, debe el fundamento de la amorevolezza.
2.     La Eucaristía es el doble memorial, el de la muerte de Jesús; y de una muerte violenta. Celebrar la Eucaristía es recordar que todo afecto debe pasar primero por la muerte. Comprender el acto eucarístico es comprender que todo es provisional, incluida la amorevolezza. Es decir, la Eucaristía lleva a un sano relativismo de la afectividad, recordando que ella debe prepararse para la experiencia de la muerte y que debe disponerse para el encuentro con Dios, que está por encima de cualquier persona.
3.     Es volver a tomar conciencia que en el hombre hay una tendencia a despreciar lo pequeño. Así en la Eucaristía, la amorevolezza, evidencia el desorden de nuestras cegueras espontaneas y nos hace salir de nosotros mismos para ir al encuentro del otro por amor de Dios.
4.     La Eucaristía es memorial de la resurrección de Jesús de Nazaret. Donde al mismo tiempo que recuerda la muerte, recuerda el poder de la vida de Dios y la salida más allá del fracaso. Es tomar conciencia que el amor es más fuerte que la muerte.
Esa fue la convicción que vivió Don Bosco y le animó en toda su acción pedagógica: por la amorevolezza, ser testigo entre los jóvenes del amor de ese Dios que es dador de esperanza. Según Don Bosco, la amorevolezza debe ser trabajada en el interior por el amor evangélico. La amorevolezza es la resonancia en la persona del joven y en su corazón, de la percepción de que es bueno y agradable amar en Dios y como Dios. Es por eso que la amorevolezza bien vivida es un camino de humanización y de alegre santificación.

Bibliografía:
·      THÉVENOT, Xavier, “La religión”, en La alegría de la educación, CCS, Madrid: 2006.



[1] MBe IX, 885.


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