La fe es una de las tres virtudes teologales y
es un don de la gracia de Dios para aquellos que él ama, pero al mismo tiempo
una semilla por cultivar con su gracia, a fin de que de grandes frutos. Por
ello presento a nuestro Padre Don Bosco como hombre de Dios, hombre espiritual,
hombre de fe; que supo acoger en su vida este don, interpretar toda la realidad
desde esta perspectiva y ser dócil y generoso para transmitirla a los demás.
Lo primero es diferenciar entre lo que todos
estamos llamados a ser y lo que algunos llegan a ser por gracia de Dios y
disposición personal. El cristiano es tal por la fe, desde el día de su
bautismo; fe que le une a Dios y le hace creyente. Pero una cosa es ser
creyente y otra es ser hombre de fe. Éste vive de la fe para alcanzar una
profunda unión con Dios.
El autor trata de presentar cómo todo lo que Don
Bosco fue capaz de realizar, no es obra producto de un grande proyecto humano,
sino que ante todo se trata de fe vivida; a tal grado de decir que no sólo sus
obras, sino incluso sus afectos, pensamientos y sacrificios; todos son reflejo
de la fe que ardía en su corazón.
Es justo en la defensa de su espiritualidad
cuando don Miguel Rúa afirma cómo su madre, mamá Margarita, le condujo desde su
niñez a las verdades de la fe y encontró en su enseñanza materna el mejor
ejemplo de fe en Dios providente, a quien enseñó a amar y formó incluso para
los sacramentos de la Eucaristía y la confesión. Incluso su enseñanza influyó
en la configuración del ideal sacerdotal de Don Bosco, pobre entregado a la
salvación de las almas.
Su fe, se tradujo en obediencia a la voluntad de
Dios, por medio de sus superiores y directores espirituales; aun en las pruebas
más grandes, como en momentos ir en contra de sus aspiraciones apostólicas,
dejando a los muchachos por atender otros sectores; pero fue así como se fue
forjando como hombre de fe. Al final de su vida se acusará de haber podido
hacer más si hubiera tenido más fe, pero lo cierto es que si no hubiera tenido
una gran fe, no hubiera podido hacer lo que hizo.
El impulso de esta fe vivida le llevo a cometer
empresas que tuvieran como único fin la gloria de Dios y la salvación de las
almas, incluso obras desafiantes como la construcción de la Basílica de María
Auxiliadora, sin tener recursos. Pues esta fe, según Don Ceria, le producía
tres efectos: fuerza para llevar adelante los trabajos, fatigas y problemáticas
de la vida; las persecuciones que habrías aplastado a quien obrase por motivos
humanos; y lo hacía estar en calma y serenidad. Era con esta fe y abondo total
en la Providencia, como en medio de las pruebas más grandes, él podía
presentarse amable y cercano con todos; poniendo siempre manos a la obra desde
lo que podía, pues sabía que el resto lo haría Dios.
Don Bosco fue un gran pescador de almas, empresa para lo cual puso al servicio todas
sus cualidades humanas y dejó que las de gracia fueran creciendo y actuando
para el bien del prójimo, especialmente de los jóvenes. Cada que se encontraba
con alguien, había una llama interna que le instaba a preocuparse por su
salvación eterna, de tal manera que no perdía oportunidad para ganarse las
almas para Dios; pues él tenía una doble convicción que le alimentaba su ánimo:
hacer lo posible para que ese joven o persona salvara su alma de la condenación
eterna y hacer comprender en ellos el inmenso valor de la Sangre derramada por
Jesucristo en su pasión, para la salvación de todos.
En esta misma sintonía, Don Bosco siempre tuvo
una clara conciencia de su identidad sacerdotal, era sacerdote del Señor
siempre y en todas partes; sabía que quien fuera que se acercara a él, debía de
llevarse una verdad de provecho para su alma. Aquí se añade un dato importante
que puede sorprender a lo más ortodoxos, el papa Pío IX le había dispensado a
Don Bosco un deber observado estrictamente por todo sacerdote de aquella época,
es decir, el rezo del breviario; y él a su vez, prometió no decir palabra ni
hacer nada que no tuviera por fin la gloria de Dios. Me impresiona cómo el
compromiso asumido por Don Bosco es mucho más profundo pues compromete toda su
existencia a ser alabanza permanente de Dios, y no solamente en un determinado
momento del día. Sin duda es un compromiso que se adquiere solo cuando se
confía plenamente en Dios y se hace de él su fuerza.
Como hombre de fe, no se quedó al margen de los
ataques contra la fe católica que en su tiempo se vieron realizados gracias a
las leyes de libertad de culto y de imprenta; factores que de la misma manera
se valió Don Bosco para contrarrestar su influjo y conservar la fe, así por
ejemplo imprimió folletos, volantes y las tan conocidas Lecturas Católicas;
para la defensa de la fe de los jóvenes que a causa de su corta edad fácilmente
eran arrastrados al protestantismo. Don Bosco, hombre de fe que confiaba
plenamente en la Providencia y su protección amorosa, no dudó en enfrentar
abiertamente a los protestantes, lo cual indica que para hacerlo era una
persona fuertemente arraigada en la vivencia de su fe y que sabía dar razón de
ella; siempre con palabras dulces y amables, pero decididas y valientes. En lo
personal, me parece un gran ejemplo de su enorme celo pastoral.
Otra cosa que me impresiona de Don Bosco como
hombre de fe, es su empeño por trabajar a favor de las vocaciones. Confiaba en
el muchacho y en la Providencia de Dios, sin importarle los gastos, pues él
decía que no se podía perder una vocación por falta de recursos económicos. Al
hablar de vocaciones, Don Bosco entendió su sentido amplio, pues sabía que
trabajaba para el mismo amo, sin importarle que más tarde el joven se decidiera
por la vida sacerdotal diocesana; él abría las puertas de su oratorio y por
éste pasaron centenares de alumnos, a los cuales formaba con empeño para el
bien de la Iglesia.
Casi para finalizar, agregaré otro dato
importante de Don Bosco como hombre de fe. Tenía grande sensibilidad por el
culto divino, él construyó grandes edificios en los que no escatimaba con tal
de hacer lugares dignos de culto a Dios. Ejemplo de ello fueron la basílica de
María Auxiliadora, San Juan Evangelista en Turín y el Sagrado Corazón en Roma.
Así mismo, cultivó con gran esmero la creación y propagación del pequeño clero que eran los monaguillos
de Don Bosco, mismos que se distinguían por su número y piedad en la
celebración de la Santa Misa.
Cierto es que la Sagrada Escritura nos ofrece
grandes ejemplos de hombres de fe, como Abraham y Moisés, mismos que por su fe
siempre viva y puesta en Dios, fueron capaces de realizar grandes obras en
beneficio de la salvación de muchos – pues dejaron que Dios actuara en ellos-,
y que los probara en fidelidad. De la misma manera, quiero decir que Don Bosco
fue dócil a Dios, dejando que éste obrara grandes maravillas en él y supo
soportar con paciencia y fidelidad los embates de la fe, pues sabía muy bien en
quien había puesto su esperanza.
Bibliografía:
·
Ceria
Eugenio, “Hombre de fe”, en Don Bosco con
Dios, CCS, Madrid: 2001.
Ascesis en la espiritualidad salesiana
Movido por el deseo de seguir profundizando en
mi propia vida espiritual, el presente reporte de lectura corresponde a una
parte esencial de la espiritualidad salesiana. Me parece que muchas veces como
salesianos no hemos valorado lo suficiente las raíces de nuestra espiritualidad
y no hemos terminando de convencernos que Don Bosco ciertamente fue un hombre místico que aprendió a
encontrarse con Dios en lo ordinario de la vida, pero no por eso con menos
intensidad que otros santos místicos.
Para prueba de ello, tenemos que Don Bosco
eligió como lema de su vida –y de nuestra congregación- el Da mihi ánimas cetera tolle, el cual acuñó como propio y va más
allá de un simple slogan pío, sino que concentra toda su mística, su programa
de vida y la herencia espiritual para sus salesianos. Este lema es un binomio
que concentra mística y ascesis: la mística, en el Da mihi ánimas; y la ascética, en el cetera tolle. De forma particular me centraré en la segunda parte,
donde valoraré la ascesis en la espiritualidad salesiana.
Lo primero que Eugenio Albuquerque deja claro es
que no se explica la una sin la otra. No hay mística sin ascesis, no puede
haber vida espiritual sin el seguimiento de Cristo que implica renuncia,
sacrificio y esfuerzo ascético. Parafraseando las palabras del Rector Mayor
emérito, Don Pascual Chávez, afirma que el cetera
tolle se traduce como una ascesis apostólica que implica en primer lugar la
renuncia de sí mismo y la fusión en Dios. Es pues el medio imprescindible para
vivir el amor de Dios y transmitirlo a los jóvenes.
En nuestros días, marcados intensamente por una
cultura que huye decididamente de todo aquello que implica renuncia y
sacrificio, resulta evidente la necesidad de vivir más en ascesis. Y es que en
mucha ocasiones se han absolutizado erróneamente ideales humanos centrados en una libertad absoluta y en una mentalidad que
ve en el sacrificio y la renuncia incluso algo contra natura. Al respecto dice
Guardini, que antropológicamente el hombre necesita del autodominio para
abrirse en amor oblativo a los demás. Y san Francisco de Sales afirmaba que las
mortificaciones eran necesarias para superar las tentaciones y el pecado, y
disponerse al seguimiento de Cristo.
Hablando en materia de vida religiosa, es
importante señalar que la crisis que actualmente afronta este estilo de vida,
puede encontrar su causa en el olvido de su práctica; puesto que ésta hace
posible la vivencia gozosa y plena de los elementos fundamentales de la
consagración religiosa: los valores evangélicos, la vida fraterna y la misión
apostólica. Pero si se elimina la ascesis, será prácticamente imposible su
vivencia, pues no debemos olvidar lo que ya evidencié al principio de este
reporte: se trata de un binomio inseparable. No se puede sólo querer vivir la
consagración como religioso, si no se toma lo que implica en su paquete
completo; de tal manera que la vivencia coherente y atrayente de la vida
religiosa, no es sólo premio o virtud concedida por Dios al que se mantiene
fiel, sino incluso consecuencia lógica de un tesoro que se guarda y acrisola
con renuncia y sacrificio.
A san Francisco de Sales, en su tiempo; lo mismo
que a Don Bosco, en nuestros días; se le achacó una cierta laxitud ascética,
como si sus propuestas de santidad y pedagogía prescindieran prácticamente de
ella. Lo cierto es que se trata no del ascetismo tradicional, sino de la
ascesis cotidiana. Por eso Don Bosco no recomendaba las grandes penitencias,
sino que buscaba que se hiciera con todo el esmero posible aquello que ya de
por sí te tenía que hacer, pero que ciertamente requería de la voluntad y el
esfuerzo. Es precisamente aquél programa del exacto cumplimiento del deber, pues bien sabía que el día a día
ofrece las oportunidades necesarias para vivir en ascesis.
El pensamiento de Don Bosco tenía pues muy claro
lo que significaba vivir en ascesis. Para prueba podemos ver el sueño de los
diez diamantes, mismo que coloca a la ascesis en un lugar central representado
en el ayuno. Pero está viva convicción espiritual no menguaba para nada otra
convicción humana que buscaba equilibrar este binomio, pues tenía muy claro que
no eran convenientes las penitencias que fueran contra de la salud; lo que en
su tiempo se daba muy común bajo el nombre de las penitencias aflictivas, que consistían en ayunos
severos y disciplinas corporales. Estas convicciones fueron forjadas en él
desde temprana edad, donde al lado de su amigo Luis Collo, supo admirar su
heroicidad, pero nunca deseó imitarlo.
Es precisamente así, como educó a sus jóvenes en
el oratorio, y la forma en que recogió tempranamente los frutos de santidad
sembrados en Domingo Savio, Miguel Magone y muchos jóvenes más. A ellos, nunca
les impuso mortificaciones o penitencias incompatibles con su edad; aunque es
claro que su intervención pedagógica y espiritual daba a un valor
importantísimo a la mortificación, pero a aquella ascesis orientaba a la
moderación razonada y motivada. Siendo la cruz de Cristo, precisamente, el
motivo fundamental de su ascesis, donde había que prevenir o expiar el pecado
siempre imitando a Cristo crucificado, pues “quien no quiere padecer con
Cristo, no puede gozar con Cristo”[1].
Este es precisamente el centro de su espiritualidad en materia de
ascética.
Para nosotros los salesianos, la virtud de la
ascesis está presente en el artículo 18 de nuestras constituciones, donde se
nos habla sobre el trabajo y la templanza como los indicadores de la caducidad
de nuestro carisma; de allí la importancia de la práctica de la ascética en su
justo lugar. Después de todo lo leído y lo que he escrito hasta aquí, tenemos
claro que la práctica de la ascesis se vive en los sacrificios que conlleva la
propia jornada de cada día, lo cual implica estar dispuestos a aceptar los sacrificios
que van unidos a nuestra practica educativo-pastoral, o nuestra formación en mi
caso.
Lo menciono porque si no somos vigilantes,
fácilmente podemos caer en la trampa de no buscar penitencias extraordinarias,
pero tampoco querer vivir las renuncias y los esfuerzos cotidianos. Al hacer
esto estaríamos dejando incompleto el binomio y no estaríamos haciendo más que
nuestra propia voluntad. Por ello, la espiritualidad de ascesis de Don Bosco,
requiere un verdadero sentido apostólico motivado por la renuncia de sí mismo y
la disponibilidad de servir a Dios y al prójimo.
Es participar en el misterio de la Cruz cada vez
que nos esmeramos en la realización exacta de nuestras tareas, de nuestra
entrega a los otros y de nuestra labor apostólica. Por ello, esta mortificación
de salesiana es algo indispensable y a la vez silencioso, pues la mayoría de
las personas ven a Don Bosco caminar sobre rosas.
Bibliografía:
·
Albuquerque
Eugenio, “Cetera tolle: la ascesis en la espiritualidad salesiana” en Volver a
Don Bosco, volver a los jóvenes, CCS, Madrid: 2009.
Don de oración
Vemos en la mayoría de los santos, y de manera
aún más particular en los fundadores de Congregaciones, una especial relación
con Dios. Esta relación se recubre de características especiales cuando además
se llega a un toque inefable con Dios que alcanza a la esencia misma del
espíritu. En este sentido, estaríamos hablando de ser místicos.
La
primer pregunta de Eugenio Ceria lanza al inicio de este capítulo es si a Don
Bosco se le puede considerar un místico, y si así fuera, en qué grado. Don
Bosco poseyó de manera habitual la gracia de oración de unión entera o simple;
en la cual en palabras de san Alfonso de Ligorio, las potencias quedan en
suspenso, pero no los sentidos corporales, los cuales quedan muy limitados en
sus operaciones. Y el alma queda enteramente absorbida por el objeto divino,
sin que la distraiga ningún otro pensamiento.
Por
lo cual podemos decir que el alma de Don Bosco gozaba de la unión con Dios sin
interrupción. Pues parece haber sido su don el no dejarse nunca distraer del
pensamiento amoroso del Señor, por muchas y graves que fueran sus ocupaciones y
preocupaciones. De esto dan testimonio sus sucesores, de manera especial quiero
traer las palabras de su primer sucesor, el Beato Miguel Rúa, quien afirma que
continuamente notaba su permanente unión con Dios, la cual la manifestaba con
sentimientos de amor a Dios que veía que brotaban de una mente y de un corazón
siempre sumergidos en la contemplación de Dios y de sus atributos.
Además
de este valioso testimonio – de santo a santo-, se unen los de muchos otros
salesianos y prelados. Entre los cuales el mismo Papa Pío XI que trató de cerca
a Don Bosco, se gozaba en afirmar públicamente que en todas sus acciones veía
un espíritu de unión con Dios, que a su vez ponía de manifiesto su continuo
vivir en presencia de Dios. Es aquí donde resuena aquella frase que hemos hecho
tan popular al hablar de Don Bosco: todo
lo que hacía era oración.
Entre
las manifestaciones visibles de la vida mística, están los llamados deliquios, los cuales son desmayos sucedidos
en medio de la oración. El autor nos demuestra cómo Don Bosco ciertamente los
tuvo. En principio de cuentas se insiste en la humildad de Don Bosco y la
acción de la gracia para modelar su temperamento impetuoso en caridad y
alegría. A partir de esta docilidad a la acción divina, destacan tres hechos en
los que -como dije antes- se apoya Eugenio Ceria para afirmar que si tuvo esta
profunda unión con Dios.
El
primero es la no explicación de cómo Don Bosco a pesar de tantas dificultades y
contrariedades en su vida y apostolado, se mostraba más contento que de
costumbre. El dolor en los corazones a la contemplación, se transforma
místicamente en amor, y el amor dilata los corazones.
El segundo es que Don Bosco en
sus últimos años, después de pasar mañanas recibiendo visitas, se quedaba por
lo menos una hora después del mediodía en su cuarto, en donde sus más cercanos
lo sorprendían siempre sentado ante su escritorio, con el cuerpo erguido, las
manos juntas, en actitud amable, enteramente absorto en contemplación.
Y el tercer hecho, es que
también en sus últimos años, cuando por sus quebrantadas fuerzas aumentaba la
viveza de sus sentimientos, al celebrar la misa se enternecía visiblemente con
todo su ser, y otras veces aparecía como si estuviera invadido de un sagrado
temblor sobre todo en el instante de la elevación. Así testimonia Don Cerruti,
que sobre todo en sus últimos años, su vida fue una continua oración con Dios.
Siempre sumido en profunda meditación, aun sin dar muestras exteriores,
manteniendo su rostro siempre alegre, sereno y tranquilo, saliendo de su boca
palabras de paz y de fe.
El segundo efecto de la oración
pasiva es una suave necesidad de llorar. En la íntima unión del alma con Dios,
el amoroso conocimiento de la divina bondad suscita dulces y vivas
emociones en el corazón. Don Bosco tuvo
el don de lágrimas, que no siempre era capaz de reprimir. En el último viaje a
Roma, celebrando en la nueva Iglesia del Sagrado Corazón, rompió en llanto más
de quince veces, de tal modo que el sacerdote que le ayudaba, se las ingeniaba
para distraerlo a fin de que pudiera acabar.
El tercer efecto es sentir la
presencia de Dios, con una certeza que excluye hasta la posibilidad de la duda.
Don Bosco estaba lleno del pensamiento de Dios.
El cuarto efecto es el padecer
por Dios. Fuerza, valor, paciencia inalterable en soportarlo todo por amor de
Dios. Este tipo de almas están tan inflamadas en el amor divino, que arden en
deseos de padecer por Dios; y este deseo va siempre creciendo junto con el de
ser cada vez más de Él. Don Bosco fue así, padeció dolores morales y físicos,
atestiguados por don Lemoyne “nunca se quejó de ellos ni se impacientó, y
seguía trabajando”.
El quinto efecto, es un deseo
ardiente de alabar a Dios. La persona inflamada de amor divino quisiera ser,
toda ella, voz para alabar constantemente al Señor; y desearía que Dios fuese
universalmente conocido, amado y glorificado. Don Bosco fue un alma muy
enamorada de Dios y tenía tres modos de invitar a alabar a Dios: cuidaba el
decoro en el culto divino, hablaba con unción de Dios a todo el que se acercaba
a él y se sacrificaba por promover la gloria divina.
El sexto efecto es el amor al
prójimo, como deseo grande de ayudarle. Decir Don Bosco es decir caridad:
caridad inagotable en su trato con el prójimo; caridad inefable en aliviar a
los afligidos y en confrontar a los moribundos; caridad heroica en buscar los
medios para practicar la caridad.
El séptimo y último efecto de
la oración de unión simple, es el de la práctica de las virtudes, teologales,
cardinales y morales, en grado heroico, esto es, en una medida que por su
intensidad y constancia, excede de los límites comúnmente propios de los
hombres virtuosos.
Es de esta manera como Eugenio
Ceria se propone demostrarnos a lo largo de este capítulo la forma en que Don
Bosco fue un verdadero místico, es decir un hombre no fuera de la realidad,
sino todo lo contrario; una persona práctica, de acción y también de intensa
oración.
Bibliografía:
·
Ceria
Eugenio, “Don de oración”, en Don Bosco
con Dios, CCS, Madrid: 2001.
San Francisco de Sales ¿A la raíz de la espiritualidad salesiana?
He elegido este artículo sobre la influencia de
las bases espirituales de san Francisco de Sales para nuestra congregación
salesiana, porque me parece importante conocer y recuperar el legado espiritual
que Don Bosco admiró en el Obispo de Ginebra y que adaptó no sólo para su
programa de vida como sacerdote y su labor pastoral, sino para toda su
congregación; a tal grado que él mismo ha dicho “nos llamaremos salesianos”.
El
P. Julio Olarte se propone presentar en la primera parte de su artículo
aspectos biográficos esenciales para comprender el contexto y los primeros años
de vida de Francisco, tales como sus estudios en la Universidad de Padua y la
forma en la que se van fraguando las pretensiones de su padre, que le miran
como hombre de familia y renombre en la sociedad.
Es
precisamente aquí donde quiero detenerme para mirar con mayor detalle, como su
contexto social y familiar influyeron decisivamente para formar en él un hombre de mansedumbre y caridad, siendo
que su realidad le era totalmente “adversa” para los fines a los cuales se sentía
llamado por Dios. Si bien, es cierto, tenía todas las facilidades que un hombre
de su época querría tener: asegurada una posición económica con un renombrado
título de abogado, una propiedad llamada Villaroget,
que le daría el título de “Señor de Villaroget”; una noble y cotizada
prometida, hija única que le daría un puesto seguro en el Senado de Saboya el Tribunal
de Chambery, y una biblioteca jurídica al nivel de un recién graduado.
Todo
este ambiente nos habla de una firme determinación con trasfondo no tanto
“humano”, sino sobre todo espiritual; pues ¿Quién en su realidad podría darse
el lujo de despreciar semejantes oportunidades que le asegurarían de por vida?
la respuesta a la par de difícil es sencilla, solo alguien que tiene la
capacidad de dejar lo bueno por algo mejor.
Y ese algo mejor es el tipo de majestad humilde de Jesús, es la
sensibilidad espiritual de Francisco que se vuelve sólida y que se encuentra a
la raíz de su humanismo cristiano y de su optimismo misericordioso. Es su firme
decisión en imitar la vida espiritual de Jesús.
Fue
largo el proceso de lucha al que Francisco se enfrentó para lograr el ideal al
que se sentía llamado, sin embargo con paciencia y perseverancia lo logró. He
aquí algunos de los hechos históricos más significativos con los que tuvo que
combatir: movido por el fuerte deseo de su padre de verlo como abogado, acude
al Senado a solicitar el anhelado puesto, en el cual no solo es admitido sino además
nombrado Senador del Ducado, a lo cual naturalmente se resiste. Abriéndose la
brecha entre quienes le apoyan en su decisión de entregar su vida a Dios y los
que se oponen a ello. Entre quienes le apoyan se encuentra su obispo Granier,
quien le ve incluso como sucesor suyo en el futuro. También le apoya su primo
Luis, canónigo de Ginebra, quien le obtiene de Roma el nombramiento de
Preboste, es decir, presidente de los canónigos de catedral. Y su madre, quien
conoce lo útil que sería la elevada posición que Francisco podría ocupar en el
Ducado, y los beneficios de seguridad en la vejez que traería para ella y el
padre de Francisco; pero por sobre todo, también recuerda que un día le ofreció
a su hijo antes de nacer a la Virgen María, frente a la Sábana Santa.
Con
este panorama, Francisco enfrentó definitivamente e su padre pidiéndole una
sola cosa, siendo precisamente esta: “permitidme, por favor, ser parte de la
Iglesia”. Su madre intercede y su primo Luis muestra el nombramiento de
Preboste. Después del silencio y en medio del llanto, exclamará su padre: “Haz
con Dios lo que dices que os inspira. De parte Suya os doy mi bendición”. Me
llama mucho la atención cómo Francisco a pesar que era adulto y saber que
actuaba pro algo bueno, siempre guarda el respeto y el lugar que merece su
padre. Pero él tiene muy claro algo, no quiere servir a dos amos, no quiere ser
sacerdote y senador.
Celebra
su ordenación como un día de retiro e intimidad con Dios. Tiene muy claro que
su sacerdocio puja por hacerse todo para todos, para ganarlos a todos. Su
espiritualidad no es producto de escritorio, sino de su experiencia del
Espíritu en la vida ordinaria. Hasta ahora, su espiritualidad se concreta en:
la encarnación del Hijo de Dios como referencia inspiradora, para valorar la
humanidad de Jesucristo retribuir a su amor con amor; y en su amor a la
Iglesia, como prolongación de la humanidad de Jesucristo, dedicarse a
Jesucristo es dedicarse completamente al servicio de su Iglesia.
Francisco
como sacerdote se diferenciará por su actividad apostólica incansable, por
pasar largas horas en el confesionario, por su disponibilidad para servir y por
su prestigio de buen predicador y sacerdote. Su apostolado adquiere un rumbo
diferente cuando lanza un proyecto apostólico temerario a los canónigos que
preside: reconquistar Ginebra, la sede episcopal de su obispo, invadida por los
calvinistas. La metodología que utilizará para lograrlo no será con armas, sino
con la fuerza de la verdad, de la caridad y del testimonio de la auténtica vida
cristiana.
Al
llegar a la zona del Chablais el panorama es desolador, poquísimos cristianos,
capillas en ruinas, sin altares y sin cruces. Francisco no lo piensa dos veces
y comienza su predicación en el pueblo, ocasionando grande expectación y numerosas
asistencias. Hasta que los calvinistas reaccionaron y amenazando fuertemente a
la población, atemorizándola y apagando las llamas que se habían encendido.
Pero Francisco no se
dejó desanimar por esto, al contrario, pronto ideo una nueva estrategia; la
cual consistió en imprimir folletos donde rebatía la doctrina calvinista frente
a la católica y desarrollaba con exactitud los principales dogmas católicos,
como la eucaristía. Tras significativas conversiones, el pueblo entero se
convulsionó y muchos abrazaron la fe católica.
Ha sido una oportunidad
muy significativa poder profundizar un poco más en las raíces de nuestra
espiritualidad salesiana. Sin duda que al repasar la vida y obra de San
Francisco de Sales, se va realizando casi involuntariamente un paralelo mental
con la vida de Don Bosco; se celo pastoral, su amabilidad, su persistencia y
tenacidad, su humildad, su lucha incansable por combatir las falsas doctrinas,
su unión con Dios y su fidelidad a la Iglesia; son, como hemos visto, algunos
de los rasgos más significativos que el santo de la juventud ha asimilado del
santo de la mansedumbre y caridad; reinterpretándolos y aplicándolos en su
contexto y realidad específica.
Bibliografía:
·
OLARTE
Franco, “San Francisco de Sales, ¿a la raíz de la espiritualidad salesiana?”,
en Revista de Formación Permanente 62,
63 y 64, CSRFP, Quito: 2014.
La pedagogía y espiritualidad salesiana «la amorevolezza»
En esta ocasión he elegido un libro de pedagogía
propiamente salesiana, porque mirando a Don Bosco, él estaba convencido que
todo el edificio de la educación tenía como eje transversal la formación
espiritual de sus jóvenes. Don Bosco no era un altruista y si funda el oratorio
y modela un sistema educativo, es en primer lugar por su afán en la salvación
de la juventud, haciendo de ellos a la par de buenos ciudadanos unos buenos
cristianos.
Partiendo
de esta convicción que une pedagogía y espiritualidad, he podido profundizar la
forma en la cual Don Bosco al educar evangelizaba y al evangelizar educada.
Precisamente porque no es un sistema dicotómico que separa fe y razón o
educación y religión; sino que integra armónicamente diversos elementos dándole
a cada uno su justo lugar y protagonismo en la construcción del edificio
educativo.
Si
bien, es cierto, es por todos conocido que el Sistema Preventivo de Don Bosco
se compone de tres elementos que sostienen dicho edificio, y como todo “tripie”,
si alguno falta, todo se derrumba. Este es el arte educativo de Don Bosco, que
muchas veces nosotros hemos olvido o no hemos entendido del todo bien. Esta
armonización requiere no tanto que se prevea en la educación de la juventud
diversos momentos aislados, que al final si se juntan integren el amor, la
razón y la religión; cuanto que en la práctica cada uno de ellos se vea
implicado en los otros dos.
Xavier
Thévenot nos muestra en su libro La
alegría de la educación, un rasgo peculiar propio de la espiritualidad
salesiana, y es mirar cada una de estas
tres columnas educativas desde el ámbito de la afectividad. Con esta tónica, me centraré solamente en la
columna de la religión. Esta relación cobra sentido porque una afectividad
separada del sentido trascendente de la vida, corre el riesgo de mutilar a la
persona. La afectividad no es solo la experimentación de sensaciones de placer
o dolor, sino ante todo comprometer a la persona humana en la búsqueda del
sentido de las cosas y en la lucha contra el absurdo y el mal. Y apunta que
toda educación que privase al joven de preguntas profundas, seria alienante
pues ocultaría una dimensión fundamental del deseo del hombre.
Relacionar
afecto y espiritualidad, es recordar que siempre hay en el hombre una tendencia
a idolatrar su afectividad, haciéndose autorreferente, aislado y egoísta;
lejano a los valores evangélicos del salir e ir al encuentro del otro, del
necesitado. Esto es patente en nuestra sociedad que idolatra la afectividad y
hace al hombre incapaz de sentirse satisfecho. Recordar que sólo Dios es Dios,
es poner a la afectividad en su justo lugar.
En
el centro de la religión Don Bosco ponía pedagógicamente los sacramentos de la
Confesión y de la Eucaristía.
En
cuanto al sacramento de la penitencia, éste permite que el joven tome
conciencia de la culpabilidad de su acto y situarlo en su justo lugar, ni
exagerarlo ni relativizarlo. Esto es efecto de la amorevolezza, que vivida en el sacramento, conduce a esta lucidez
bajo la mirada de Dios, y por otro lado recuerda las exigencias éticas de la
castidad. Educar en el sacramento de la penitencia, es permitir que el joven
experimente un elemento fundamental: el perdón. Así, será más fácil que en el
ambiente educativo salesiano, se practique con frecuencia la disculpa, por la
que a pesar de las faltas de delicadeza, se otorga aquello que previamente se
ha gozado.
En
este sentido, el autor apunta que hay que tener cuidado y educar a un auténtico
sentido de la disculpa y diferenciarlo del perdón, pues puede darse el caso que
las faltas a la amorevolezza sean voluntarias y se utilice al otro como un simple
objeto de la propia satisfacción. Esto puede ser muy común en nuestros ambientes salesianos donde por
intentar vivir el espíritu de familia que tanto quiso Don Bosco, lleguemos a
trasgredir los sanos límites del respeto y la moralidad. Es allí donde como
educadores debemos intervenir en la formación de una recta conciencia y educar
en el sentido del pecado.
Experimentar en el sacramento
de la penitencia el perdón de Dios, es hacerse capaz a su vez, de perdonar. Y
esto es lo que había comprendido Don Bosco, para quien el Padrenuestro era una
referencia pedagógica: perdona nuestras
ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Don Bosco
estaba convencido que no había autentica educación sin experiencia de la
disculpa y el perdón.
En cuanto a la Eucaristía,
relacionarla con la amorevolezza, tiene consecuencias evangélicas y cristianas
esenciales, el autor señala cuatro en particular.
1.
La
Eucaristía es memoria del verdadero amor, el de un Dios que lleva su pasión por
el hombre hasta hacerse hombre y compartir su condición con los pequeños y los
pobres. Aquí encuentra la amorevolezza su medida, pues solo es buena la
amorevolezza que intenta actuar según la lógica del amor de Dios. Dice Don
Bosco en un sueño de 1884, que Jesucristo es el verdadero maestro de la
familiaridad. “Como Jesús nos ha amado”, debe el fundamento de la amorevolezza.
2.
La
Eucaristía es el doble memorial, el de la muerte de Jesús; y de una muerte
violenta. Celebrar la Eucaristía es recordar que todo afecto debe pasar primero
por la muerte. Comprender el acto eucarístico es comprender que todo es
provisional, incluida la amorevolezza. Es decir, la Eucaristía lleva a un sano
relativismo de la afectividad, recordando que ella debe prepararse para la
experiencia de la muerte y que debe disponerse para el encuentro con Dios, que
está por encima de cualquier persona.
3.
Es
volver a tomar conciencia que en el hombre hay una tendencia a despreciar lo
pequeño. Así en la Eucaristía, la amorevolezza, evidencia el desorden de
nuestras cegueras espontaneas y nos hace salir de nosotros mismos para ir al
encuentro del otro por amor de Dios.
4.
La
Eucaristía es memorial de la resurrección de Jesús de Nazaret. Donde al mismo
tiempo que recuerda la muerte, recuerda el poder de la vida de Dios y la salida
más allá del fracaso. Es tomar conciencia que el amor es más fuerte que la
muerte.
Esa fue la convicción que vivió Don Bosco y le
animó en toda su acción pedagógica: por la amorevolezza, ser testigo entre los
jóvenes del amor de ese Dios que es dador de esperanza. Según Don Bosco, la
amorevolezza debe ser trabajada en el interior por el amor evangélico. La
amorevolezza es la resonancia en la persona del joven y en su corazón, de la
percepción de que es bueno y agradable amar en Dios y como Dios. Es por eso que
la amorevolezza bien vivida es un camino de humanización y de alegre
santificación.
Bibliografía:
·
THÉVENOT,
Xavier, “La religión”, en La alegría de
la educación, CCS, Madrid: 2006.
[1] MBe IX, 885.
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